Miguel Ríos y el éxito de su ‘Himno a la alegría’ hace 50 años

En el verano de 1969 las radios de medio mundo, Estados Unidos incluido, sintonizaban el ‘Himno a la alegría’, adaptación de la famosa pieza de la ‘Novena Sinfonía’ de Beethoven. Este fulgurante éxito supuso el salto a la fama de Miguel Ríos, un joven granadino de 25 años que pasó a dominar la escena española del ‘rock and roll’.

El ser humano es una cuerda tendida entre la ruina y la gloria, o viceversa, «una cuerda sobre un abismo». Al menos, así hablaba Zaratustra, que era un cenizo perspicaz. No como Friedrich von Schiller, que era tan optimista que compuso una Oda a la alegría. En la época revolucionaria los estudiantes la cantaban con música de La Marsellesa y al joven Beethoven le flipó tanto que antes de jubilarse la metió alegremente en el cuarto movimiento de su Novena Sinfonía. A mayor gloria no solo de Schiller sino de Miguel Ríos, que atravesó la cuerda sobre el abismo de Zaratustra sin romperse la crisma y con el aplauso planetario.

Cuando, en las tardes de domingo de una Granada pasmada en la belleza, Miguelito se amuermaba en esa especie de eternidad que es el tedio, percibía la vida como ruina, pero tenía fe en la gloria; o sea, que creía en la ocurrencia de lo improbable. Y esa ilógica creencia se cumplió, al principio poco a poco y luego, en el verano de 1969, de golpe y pelotazo. A los 25 años, de la mano del arreglista y director de orquesta argentino Waldo de los Ríos, hizo un extraño movimiento y cayó en brazos de otro movimiento de Beethoven, el cuarto de la Novena.

Aquel verano de hace 50 años el hombre pisó la Luna y David Bowie grabó Space Oddity, pero en España el único que viajó al espacio fue Miguel Ríos, que tuvo un año galáctico porque, además de triunfar por todo lo alto con El río aquel, publicó el single Himno a la alegría. A los arreglos de Waldo de los Ríos le pusieron una letra que rebajaba bastante la prosopopeya de la Oda de Schiller, que empezaba así: «¡Alegría, hermoso destello de los dioses!». Con la voz potente de Miguel y el buen rollito de la letra, el tema funcionó a pesar de las críticas de los apocalípticos, que si Beethoven levantara la cabeza y todo eso. Incluso formó parte de las misas de los curas obreros como un canto eucarístico.

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